Los Dodge argentinos fabricados por Chrysler Fevre Argentina en la planta de San Justo representaron la versión más potente y agresiva del automovilismo nacional. Si el Falcon era el trabajador y el Torino el caballero, los Dodge eran los guerreros.
El Dodge Polara fue el sedán que inició la saga en 1966. Con su motor Slant Six de 3.7 litros inclinado a 30 grados —una solución de ingeniería brillante que permitía un capó más bajo—, el Polara era un auto sólido y potente. Pero fue la llegada de las versiones V8 la que encendió la pasión.
La Dodge R/T (Road/Track) era exactamente lo que su nombre prometía: un auto diseñado tanto para la ruta como para la pista. Con motor V8 de 5.2 litros y luego de 5.9 litros, la R/T entregaba una potencia salvaje que la convertía en el muscle car argentino por definición. Su aceleración dejaba pegados en el asiento a los desprevenidos.
Pero la corona la llevaba la GTX. Con el V8 más grande, equipamiento deportivo completo, franjas de competición y una actitud que intimidaba desde el estacionamiento, la GTX era —y sigue siendo— uno de los autos más deseados de toda la historia automotriz argentina. Los pocos ejemplares que sobreviven se cotizan a precios que rivalizan con autos deportivos europeos modernos.
En el Turismo Carretera, los Dodge fueron adversarios temibles. Su potencia bruta compensaba un peso considerable, y en las rectas argentinas, pocos autos podían seguir el ritmo de un Dodge V8 a fondo.