La historia de la industria automotriz argentina es una de las más fascinantes del mundo: un país en desarrollo que decidió fabricar sus propios autos y lo logró, creando una cultura industrial y una pasión popular que perduran hasta hoy.
Todo comenzó en 1951, cuando el gobierno de Juan Domingo Perón creó IAME (Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado) en Córdoba. La idea era audaz: utilizar la capacidad ociosa de las fábricas militares para producir automóviles y tractores. De IAME nacieron el Justicialista —el primer auto argentino— y el Rastrojero, el utilitario que motorizó el campo.
En 1955, con la apertura al capital extranjero, llegaron las grandes marcas. Kaiser fue la primera en asociarse con el Estado, creando IKA en Santa Isabel. Ford se instaló en Pacheco, General Motors en San Martín, Chrysler en San Justo, FIAT en Ferreyra y Peugeot en Berazategui. En pocos años, la Argentina tenía más fábricas de autos que cualquier otro país de América Latina.
La década del 60 fue la edad de oro: el Torino, el Falcon, el Chevy, el Dodge, el Fitito — cada marca producía autos que se adaptaban al gusto y las necesidades argentinas. Las fábricas empleaban a decenas de miles de trabajadores y generaban una cadena de proveedores que dinamizaba la economía de provincias enteras.
Los años 70 y 80 trajeron turbulencias económicas que golpearon a la industria. Algunas fábricas cerraron, otras se fusionaron, y la apertura importadora de los 90 terminó con la era de los clásicos argentinos. Pero el legado permanece: los autos que se fabricaron en esas cuatro décadas no solo transportaron personas, sino que construyeron identidad nacional.