El Turismo Carretera no es una categoría de automovilismo: es una religión argentina. Desde los años 30, cuando los corredores se lanzaban por rutas abiertas a velocidades demenciales, hasta los autódromos modernos, el TC ha sido el escenario donde los autos argentinos se convirtieron en leyendas.
En sus orígenes, las carreras se disputaban en rutas nacionales, con los autos de serie apenas modificados. Los hermanos Gálvez —Juan y Óscar— dominaron esa era con sus Ford, creando una rivalidad con los torinos tas que dividía al país como el fútbol. Juan Manuel Fangio, antes de conquistar la Fórmula 1, corrió en el TC y forjó ahí su carácter de campeón.
La era dorada del TC coincidió con la edad dorada de la industria: Torino, Falcon, Chevy y Dodge se enfrentaban cada fin de semana en batallas épicas. Las "picadas" entre Torinistas y Falconeros no se limitaban a la pista: se extendían a los bares, las oficinas y las cenas familiares. Ser del Torino o del Falcon era casi tan importante como ser de Boca o de River.
Los preparadores se convirtieron en figuras legendarias: Oreste Berta para los Torino, Héctor Gradassi para los Falcon, cada uno con sus secretos mecánicos celosamente guardados. Las potencias que lograban extraer de motores de serie eran asombrosas: 300, 350, hasta 400 caballos de fuerza de motores diseñados para producir menos de la mitad.
El TC creó ídolos populares: Traverso, Mouras, Di Palma, Castellano — nombres que cualquier argentino de cierta edad reconoce al instante. Y los autos que pilotaron —las Chevy naranja de Traverso, los Torino de Mouras, los Falcon de tantos otros— se inmortalizaron en la memoria colectiva.